←back to Blog

¿Conoces gente indígena? ¿Cuántas veces has hablado con ellos, compartido, trabajado, vivido? En términos generales, todos vivimos con los pueblos indígenas, con gente de carne y hueso que pertenece a sociedades que antes de los múltiples procesos de colonización del siglo XVI, vivían, pensaban, amaban, hablaban (y un largo etc.) de formas infinitamente originales y variadas.

Tuve la fortuna de aprender música con la familia Albancando Tuntaquimba, pertenecientes al pueblo Kichwa que migraron desde Otavalo en grandes oleadas, trayendo tejidos, ritmos y lenguas a la ciudad de Bogotá. Tenía 11 años cuando el universo de los cientos de ritmos andinos empezó a fluir por mis venas saliendo por mi garganta y mis manos. Fue una especie de inoculación cultural, vía el sentido del oído, por lo tanto, vía la vibración primordial que resonó en todo mi interior, mente, cuerpo y corazón.

El mundo indígena Kichwa se me figuró como la puerta de entrada a muchos otros universos, de la mano de mi maestro William. Así, desarrollé una sensibilidad especial por «lo propio» en el sentido de una voluntad de indagación cotidiana que preguntaba el origen de las cosas, dónde fueron hechas, quién las hizo, que ciertamente fue inculcada por mi mamá. Mi corazón y cerebro adolescente se formó en la resonancia de huaynos, tobas, carnavales, tinkus, morenadas, sanjuanitos, entre otros y con sus variaciones. Así que exploré un mundo sensible en las 10 cuerdas de un charango, que me acompañó largo tiempo ya no como intérprete sino después como maestro y director musical.

Dicho comienzo, que fue un contacto desde dentro (como el que hace la música, la voz que narra) y que no fue mental, ni teórico, se prolongó en otras búsquedas por la diversidad religiosa y cultural, que conjugué con mis estudios en un campo amplio que pasaba por la teología, la filosofía, las ciencias sociales y la amada pedagogía. Dichos estudios estuvieron marcados por el signo de pertenencia a una patria grande: latinoamérica. Se hablaba, se leía, se estudiaba, se discutía con mucho orgullo unas ciencias conjugadas: la teología latinoamericana, la filosofía latinoamericana, las ciencias sociales latinoamericanas y finalmente…la pedagogía latinoamericana. Todas las anteriores ciencias históricas que partían de realidades específicas leídas bajo el binomio opresión – liberación.

Fue así como me interesé por escribir sobre el diálogo interreligioso, la «catequesis en clave decolonial» y las historias de maestros, como maneras de auscultar los lugares de encuentro entre grandes corrientes culturales y experiencias biográficas. Hasta que un día me llamaron a trabajar en el Vichada, labor que consistió en vivir dentro de una de las comunidades del Resguardo Indígena La Pascua. Así pues, en otras coordenadas culturales, volví a tener la oportunidad de compartir la vida y la palabra con «la gente indígena». Lo que sigue son ya 15 años de entablar amistad con la gente de La Pascua, y luego con la gente Murui de Puerto Leguízamo y luego con la gente inga, desde los altos andes, pasando por el Piedemonte Amazónico hasta llegar a los valles del Caquetá.

Montañas, valles y ríos me han acompañado en este trasegar ya no sólo con gente indígena sino a través de las tierras indígenas. Parte de lo que soy, en lo más hondo, está atravesado por esa experiencia vital que me formó en dimensiones profundas. Luego decidí estudiar antropología, tanto para atender un llamado concreto como para saciar mi inmensa curiosidad por las formas de vida que llamamos indígenas, especialmente por su historia y sus formas de concebir la historia.

Hago esta confesión biográfica hoy, día internacional de los pueblos indígenas como un homenaje, como un reconocimiento y como un testimonio de que hay muchos mundos que no siempre están uno al lado del otro, sino unos dentro de los otros, perteneciendo a un mismo cause de ríos profundos, en palabras de Arguedas. Un mundo que, sin ser mi sangre, corre también por mis venas.